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domingo, 2 de agosto de 2009

El problema de los adolescentes de hoy




El grave problema de los adolescentes; algunas propuestas


Tenemos un grave problema con buena parte de nuestros adolescentes y jóvenes. Negarlo es quedar ciego ante la luz de la verdad. Y ese problema no se arregla solo rebajando la edad penal, porque es demasiado extenso y profundo, y porque su raíz está en la sociedad y los poderes públicos.

Cuando somos niños pequeños nos enseñan a discernir entre lo que es un bien para nosotros o los demás, y lo que representa la incitación a un deseo. Esta es la base de la educación (exégesis) “no comas esto,” “no bebas aquello”, “no hagas esto otro”. Desarrollar aquella capacidad de discernimiento es el fundamento de la educación.

También sabemos que cualquier práctica que deseemos emprender con posibilidades de éxito, en la ganadería, jugando al ajedrez, o ser empresario, exige inexorablemente conocer cuáles son los bienes relacionados con la práctica –y, por tanto, los males-. Un agricultor no puede pecar de inconstante porque las vacas necesitan el ordeño diario al igual que la alimentación de los animales; la paciencia es necesaria para el ajedrez; y la confianza básica para el empresario. Se necesita además la práctica y los medios necesarios para alcanzar aquellos bienes. Para conseguir todo esto nuestros deseos deben ser encauzados, educados, y que ésta solo pueda ser una actitud permanente.

Pues bien, ser humano, vivir la propia vida, es más decisivo que cualquier actividad concreta, lo que vale cuando éramos niños, y después, para ser ganadero, ajedrecista o empresario, todavía es más necesario para realizarnos como personas. Es evidente que exige saber distinguir entre lo bueno y el simple deseo, como aprendimos, o así debería haber sido en la infancia. El problema que padecen un número creciente de adolescentes es que tal aprendizaje les ha sido negado y deformado, por incapacidad de sus padres, primero; maestro, después; y la sociedad, en general, o por la actitud deliberada que considera que aquellas condiciones que son las que razonablemente nos exigimos para el desempeño de cualquier tarea, incluso el más sencillo de los hobbys, no debe aplicarse a la educación de las personas. Por esta causa violan tanto, agreden y son cada vez más violentos. Se drogan más y más pronto e incurren en una dañina promiscuidad Asumiendo hábitos dañinos que les pasarán factura a los 30, 40 años.

Por consiguiente, debemos recuperar la educación del deseo, la capacidad de discernir el bien y practicarlo. Para ello es necesario ayudar a que cada uno entienda y descubra cuál es la mejor forma de vivir para nosotros, porque con nuestras actitudes expresamos alguna manera de lo que cada uno entiende por felicidad, en términos de bienes, no de deseos, de manera que sepamos cuál es nuestro gran bien último, como nos organizamos en relación a los otros bienes y qué estamos dispuestos a sacrificar.

En nuestra cultura clásica el fin último -la felicidad- podía alcanzarse por medio de la sabiduría, como Platón; con su ejercicio en la política; mediante las virtudes adquiridas, como Aristóteles; o en una relación perfeccionada con Dios, como Tomás de Aquino; o en las tres. En cualquier caso, la felicidad nunca podía surgir de la búsqueda sistemática del placer, el poder o el dinero –como fin último, como hiperbién-, lo que no niega las posibilidades de cada uno como medios secundarios. De ahí la importancia de la educación para reconocerse en uno mismo si se está haciendo algo para alcanzar el fin bueno, o realmente en la práctica solo estamos enmascarando nuestro deseo de placer, poder, dinero. Y esto es, sobre todo, una reflexión práctica.

Y porque se trata de práctica y la pregunta no puede sólo formularse sobre el yo -¿qué debo hacer?- sino sobre el nosotros, debe entrar en juego la razón deliberativa porque el criterio del otro nos ayuda a superar nuestras concepciones erróneas sobre la manera de alcanzar nuestro fin último, de manera que cuando persigamos fines genuinamente buenos, sepamos ver cuando no los perseguimos por este motivo sino porque redundará en dinero o en poder. Por esto es tan importante la deliberación en el proceso educativo, siempre y cuando no degenere en corrupción; es decir, cuando los demás se esfuercen en ejercitar las virtudes de la objetividad.

El escultismo clásico -no, evidentemente algunas mutaciones posteriores- es la gran escuela de formación de niños y adolescentes, porque encauza, entre otras, la tendencia al pandillismo, al liderazgo y socialización del adolescente en el sistema de patrullas que funciona bajo criterios de bien muy poderosos, la Ley Scout y su promesa, el raciocinio y la corrección deliberativa, las reuniones de patrulla, los consejos de honor, constituyen un proceso de deliberación racional compartida para lograr bienes últimos: el honor, la lealtad, el servicio a los demás, la fraternidad entre scouts; la cortesía el amor a los animales y a la naturaleza, la obediencia, el espíritu de sacrificio y de superación, la formación de la personalidad y del cuerpo, mediante la práctica, esto es, la acción, el testimonio y el compromiso

En una cultura desvinculada y su expresión, las políticas del deseo y la burocracia de la despersonalización, recuperar el estudio y divulgación de los grandes educadores de la sociedad como Aristóteles y Tomás es tan necesario como lo fue en las épocas más negras de la historia humana, en otro plano, el de la vida cotidiana, la profundización de la naturaleza y métodos como los del escultismo clásico, sin las deformaciones que incorporaron las crisis post sesenta y ocho.


Josef Miró
Fuente: Forum Libertas
Comentario Editorial:
Este es un excelente artículo para reflexionar sobre la profundidad de la problemática adolescente en la sociedad actual. Como ya lo veníamos perfilando en otros artículos publicados en este blog, el punto de partida para la formación de personas fuertes y capaces de obrar persiguiendo el bien propio sin ignorar el bien ajeno, pasa por la formación desde muy pequeños, de una conciencia recta capaz de expresarse y elegir libremente el bien. En esta cruzada, los padres -primeros educadores- tienen un papel irreemplazable.

domingo, 21 de junio de 2009

Mal comportamiento infantil


Los niños a veces tienen malas conductas o simplemente "caprichos". Es común observarlo en la calle - por ejemplo o en algún lugar público- la manera en que algunos niños manipulan a sus padres y éstos responden a esta conducta sancionándolos con algún castigo, lo más común un sacudón, un tirón de cabellos o gritos pero esto es contraproducente, pues estas reacciones de los niños no pueden ser sancionadas con castigos y sí, en cambio, aprender a recompensar los buenos actos y actitudes positivas.

El objetivo que persiguen los padres, en general, es que los hijos aprendan pautas de comportamiento, de ahí que será útil buscar técnicas efectivas a largo plazo. Los castigos inmediatos producen un efecto momentáneo pero, las recompensas, dicen los expertos, que consiguen efectos estables y duraderos.
Uno podría preguntarse porqué habría que recompensar una conducta que se supone debe ser la correcta pero debemos pensar que las personas son más proclives a realizar cosas en las que encuentran una compensación y evitan aquéllo que les supone un esfuerzo o dificultad que deducen, no será recompensada.

Los niños, aprenden y repiten mejor aquellos comportamientos que saben les producirá algún beneficio pero los adultos deberán ser prudentes en la forma de administrar las recompensas y sobre todo no abusar de ellas.Y cuando se habla de recompensas, lo más común es que se piense en algún bien material sin advertir que las recompensas más eficaces no tienen mucho que ver con lo material y sí en cambio, con lo inmaterial como el elogio, la atención, el afecto, la compañía, todas muy económicas y rentables.

Pero ¿qué es lo que debe recompensarse?, cosas simples pero siempre aplicar la recompensa en el mismo momento que el niño realizó algo correctamente ya que si se pospone, se corre el riesgo de que el niño olvide por que lo están premiando.

Aún así, no es necesario recompensarlo cada vez que hace algo bueno, sino hacerlo una vez cada tanto para que no pueda especular con la recompensa y así se convierta en alguien que hará las cosas por interés y no porque debe hacerlas.
En el caso de los niños muy conflictivos, si los padres no encuentran conductas que compensar, habrá que informarle al niño sin exaltarse ni de manera violenta, lo poco apropiada que es la conducta que ha tenido hasta ese momento.Lo más importante es que los padres inculquen a sus hijos nuevas conductas que más tarde les permita sociabilizarse positivamente.

Se trata también de aprender a poner límites, algo que muchos padres no hacen por miedo a recibir el rechazo de sus hijos o porque tratan de no repetir patrones autoritarios en los cuales se criaron. Pero hay padres que no ponen límites porque no saben o por comodidad, ya que es mucho más fácil decir "sí" que "no".

Es un gran error porque los niños en el fondo saben que los padres, aunque les pongan límites, los quieren y ellos también quieren a sus padres porque son sus referentes, aunque a veces discutan. Los adultos por su parte, deben conocer sus propios límites porque si ellos no los tienen, tampoco sabrán ponerlos.

A medida que los hijos crecen hay que ir adecuando las técnicas y trabajar en base a la negociación, aún reconociendo que hay asuntos que no son negociables, por ejemplo si un niño o niña asiste a una fiesta y vuelve alcoholizado ¿cuál sería la actitud a adoptar por los padres?. Las respuestas las tienen que buscar en el seno de la familia, ya que en ella crecieron esos niños y sería útil repasar los valores y normas sobre los cuales se edificó la misma.

Es importante sí, no perder la posibilidad de ejercer un estilo comunicativo con los hijos, mostrándoles que estamos diciendo cosas pero acompañando las mismas con gestos corporales que las acrediten; el lenguaje verbal y el no verbal no deben contradecirse. Una actitud muy importante en estos casos es la coherencia, explicar el por qué de alguna decisión a tomar y actuar de la misma manera que se les pide a los hijos que actúen, escuchando con atención, mirando a los ojos y manteniendo una actitud calma, resaltando lo que hacen bien y poniendo límites que tengan valor sin chantajearlos emocionalmente con dichos como que la mamá se entristecerá si persiste en su conducta.

Si algo está mal, está mal y hay que decírselo, de lo contrario, ¿quién se lo dirá?. Se supone que los padres son los que deben acompañar el crecimiento y dar algunas señales de lo que está bien o mal, para eso son los adultos.

El tiempo que se supone se "gasta" en hablar y enseñan o modificar o corregir, redundará en beneficio futuro. Por último entender que la puesta de límites no avala que el adulto se sobrepase y sea demasiado extricto; los límites sirven para evitar que los niños y niñas crezcan teniendo poca resistencia a la frustración o vayan en camino de ser malos perdedores.

Decirles a los hijos que los amamos y hacer que se sientan amados es muy buno, pero también hay que hacerles saber que no siempre todo cuanto hacen está bien. La profesora Ángels Geis, experta en estos temas dice que "Pensar que ésto ya lo aprenderá en el colegio, es una equivocación porque la escuela cada año tiene unos profesores diferentes y sólo ocupa un veinticinco por ciento del tiempo del niño"

miércoles, 29 de abril de 2009

Precocidad sexual, una cuestión de educación en valores


La tasa de fecundidad adolescente precoz se triplicó en la Argentina en los últimos 40 años: más de 3 mil bebés nacen anualmente de chicas de entre 10 y 14 años y hay 900 mil madres niñas en todo el territorio nacional, según estadísticas del Ministerio de Salud de la Nación. Es decir, 3 de cada 20 argentinos son hijos de madres adolescentes.

El estudio, realizado por investigadores del Centro de Estudios de Población, señala que esas niñas mamás tuvieron hijos con hombres que las superan en al menos 10 años –en el 80 por ciento de los casos–, o en 20 años –en el 20 por ciento restante–.

La cantidad de nacimientos de madres menores de 15 trepó a 3.050 casos en 2001, contra los 986 que se registraban en 1960. Mientras tanto, desde hace seis años, existe en el país la ley 25.673, que incluye el Programa Nacional de Salud Sexual y Procreación Responsable y tiene como propósito “contribuir a mejorar la estructura de oportunidades”.

Cuidados.

Un estudio reciente del Centro Latinoamericano Salud y Mujer (Celsam) indica que cerca de la mitad de las madres adolescentes argentinas no se cuidó en su primera relación sexual porque pensaba que en esa etapa no había riesgo de embarazo.
La investigación revela, sin embargo, que un 84 por ciento de esas jóvenes sabía de la existencia del preservativo y un 82 por ciento sabía de las pastillas anticonceptivas, aunque el 47 por ciento de ellas no se cuidó cuidarse en esa primera relación.

Educación.

Por otro lado, el 83 por ciento de los adolescentes manifestó haber recibido algún contenido de educación sexual en la escuela, aunque el 58 por ciento dijo haber tenido sólo una charla en toda su escolaridad a una edad promedio de 13 años y sólo uno de cada dos recibió educación sexual de sus padres, según el estudio del Celsam. (Crítica de la Argentina, pág. 18, 28/4/09)

Comentario Editorial:

Esta noticia revela la ligereza con la cual se encara la precocidad en las relaciones sexuales y también la poca relevancia que tiene el fondo de la cuestión que, para muchos entre los cuales me incluyo, necesitaría un enfoque diferente como es el de la "Educación para el amor". Si no se comienza desde el hogar a influir en la formación para el amor, seguirán produciéndose estos embarazos en miles de niñas que, influenciadas muchas veces por la cultura que las impulsa cada vez más a tener relaciones sexuales como "por diversión o por deporte", se inician en un camino que no tiene retorno sin dejar secuelas.
¿Acaso pasó de moda aquella educación que nos daban nuestras familias alentándonos al "ya vas a tener tiempo para experimentar el amor sexual, todavía hay intereses que deben preocuparte y ocuparte". Nuestras madres, no hace mucho, nos decían que valía la pena esperar a quien realmente mereciera nuestra entrega en cuerpo y alma. Hoy sabemos que eso se ha desvirtuado, en parte por los programas de televisión que presentan personajes cada vez más chicos obrando como adultos acabados.

La sexualidad y en particular la genitalidad, que es la manera de consumar el acto sexual que conduce a la fecundación, es un acto que se rige por valores: en primer lugar la responsabilidad, tanto del varón como de la mujer, para hacerse cargo de la posible consecuencia de un acto realizado por instinto o porque todos y todas lo hacen.

Quizá ha llegado la hora, no de volver atrás, a cuando nuestras madres nos daban los consejos antes mencionados porque estamos en otra época, pero sí, de comenzar por donde se debe comenzar en educación sexual, primero la reflexión con los jóvenes y niños: qué quieren para sus vidas, si están en condiciones de afrontar y hacerse cargo de la llegada de un bebé al mundo con todo lo que eso implica; y luego sí, en caso de que alguna de las adolescentes decida tener relaciones sexuales genitales, instruirla sobre la manera de evitar un embarazo no deseado, comenzando por aquéllos métodos que no agreden a su organismo.

Y como la consecuencia casi siempre recae sobre la adolescente y su familia, concientizar a los padres de los varones para que vuelvan a la vieja práctica de respetar a la mujer (aunque sabemos y comprobamos que muchas veces son ellas las que inducen a los varones para tener relaciones)

En definitiva, no se trata de prohibir, sino de educar en la libertad responsable, cosa que compete a la familia en primer lugar y en segundo lugar a la escuela como acompañante de la familia en la educación de los hijos. Y recordando siempre que el Estado es subsidiario de la familia y no el que tiene que entrometerse en las cuestiones privadas haciendo de estos temas políticas de estado que reemplacen el discernimiento personal y familiar que parte de una buena educación integral de la persona en materia de humanidad.

La educación familiar pasa también por la contínua formación de los padres para poder responder a estas cuestiones, especielmente en el caso de las familias más humildes, que son las que quizá, dejan la resolución en manos del estado o de otras mediaciones.

María Inés Maceratesi

viernes, 30 de enero de 2009

¿Ficción o realidad?


Hoy amanecimos en Buenos Aires enterándonos de la muerte violenta de otro adolescente a la salida de un local bailable; ayer en un confuso episodio, un joven de veintitres años fue degollado en la calle por otro de la misma edad. Ésto ocurre en lugares de veraneo en la costa atlántica, pero también en el conurbano bonaerense y en la ciudad. Los noticieron de televisión no escatiman noticias como las citadas que reflejan "una" realidad, solamente "una", la peor, la más sórdida, la que protagonizan adolescentes, en su mayoría entre los dieciocho y veinticuatro años.

La pregunta es ¿por qué?. Siempre existieron hechos violentos, violaciones, consumo de sustancias nocivas, pero nunca como actualmente. Y si sumamos los accidentes automovilísticos protagonizados por algunos jóvenes, llegaremos a alguna conclusión a la que nos lleva el sentido común. Todos hemos sido o somos jóvenes pero no todos nos hemos expuesto al peligro extremos día a día quizá porque había un alerta que nos generaban los adultos y a los cuales adheríamos, a veces con mucha rebeldía, no sin evitarnos tropiezos, dificultades y burlas pero, siempre nos cabía la opción de llegar a nuestra casa y poder confiar nuestras dudas, nuestras preocupaciones y vicisitudes a nuestros padres o a algún referente mayor que podía ser algún hermano o hermana, y hasta algún vecino en el que confiábamos.

No es fácil hoy ser adolescente, pero tampoco es fácil ser adulto porque nos encontramos con innumerables dificultades, comenzando por la violencia que nos provoca la imposibilidad de conseguir trabajo por ser considerado fuera del target solicitado, o sea joven de menos de treinta años. Pero este es otro tema. La televisión -dicen- puede ser un factor desequilibrante para los adolescentes por la temática de los programas y series emitidas. Y es posible debido a la inmadurez de muchos televidentes (jóvenes y no tanto) que suelen confundir ficción con realidad y poseen una falta de personalidad que los lleva a imitar todo cuanto ven.

Si en cambio se nos inculcara desde el hogar y desde la escuela la posibilidad de hacer una lectura crítica de lo que se ve en televisión y se oye en la radio, sería diferente. No quiero pasar por ingenua ni minimizar los riesgos de una programación decadente pero estoy convencida que falta educación para canalizar la fantasía, comprenderla como tal y una vez concluido el programa en cuestión, volver a la realidad propia de cada uno y seguir siendo la misma persona, es la clave. También estoy convencida de que se necesita un compromiso serio de los Medios de Comunicación y del estado pero sobre todo, de la FAMILIA, que es anterior al estado y a todo. ¿Estaré tan equivocada?.

Vale la pena leer esta nota publicada por "La Nación"

El furor por las series adolescentesLos pobres chicos ricos del cable

Dueños de una situación económica privilegiada y una vida personal turbulenta



lanacion.com Espectáculos Jueves 29 de enero de 2009

viernes, 14 de noviembre de 2008

Más que buenas escuelas


Por: Jorge Casaretto (*)

Una de las fuertes convicciones que ha calado en nuestra conciencia colectiva y de la que debemos estar agradecidos a Dios y a nosotros mismos es que nuestra sociedad encontrará un camino de realización más pleno sólo desde la dimensión educativa.

A veces, esta convicción nos lleva a delegar en el sistema escolar toda la responsabilidad de este camino. Sin duda, la mayor capacitación de nuestros educadores y la perfección del sistema educativo, que no se soluciona tan sólo con la sanción de leyes, es algo fundamental.

Pero una visión reduccionista de esta cuestión nos lleva muchas veces a delegar en los maestros las misiones de dar de comer, de contener psicológicamente, de prevenir de abusos, de desarticular las violencias... En una palabra, a convertirlos en padres, madres, psicólogos, animadores socioculturales, deportivos, etc. Una delegación de funciones exagerada que, como tal, es la expresión de renuncia de responsabilidades, en primer lugar de los padres, pero también de muchas instituciones de la sociedad.
Pero no es ésta la cuestión clave por abordar en estas líneas. Más bien, alegrándome por el progreso de nuestra conciencia colectiva de priorizar la educación, lo que deseo es mostrar una dimensión fuertemente contradictoria de esa conciencia.

Porque desde siempre la tarea educativa ha consistido en transmitir ideas y conocimientos y, a la vez, generar hábitos de vida. Simplificando, podríamos decir: sembrar la verdad y destruir el error, generar virtudes y desterrar vicios. La misión de los educadores consiste en formar personas íntegras, capaces de autodeterminación y de generar vínculos sólidos con los otros. En una palabra: educar es humanizar.

Sin embargo, todos somos conscientes de que hay situaciones profundamente deshumanizantes que crecen aceleradamente en la sociedad, sin reconocer límites y sin que el Estado y la sociedad civil las enfrenten con acciones y medidas eficaces.

En este artículo, deseo referirme a tres presencias fuertemente deshumanizantes que se han instalado en la vida de la sociedad y que, lamentablemente, cuentan con cierto consentimiento o aceptación social y con estructuras difíciles de modificar: la cultura del alcohol, la del juego y la de la droga.

Todos sabemos de la bondad de un buen vino. El mismo Jesús alegró a los novios en las bodas de Canaán y eligió el vino como uno de los signos de su presencia. Pero desde siempre las personas y las culturas supieron distinguir entre la mesura y el exceso y entre la alegría de un buen vino y el vicio del alcoholismo.

Los padres y las madres no saben cómo poner límites a sus hijos, y los chicos hoy confunden divertirse con emborracharse. Muchas veces, los padres son los primeros en cuestionar a los educadores si ocurren accidentes en algún “viaje de estudio” o en la fiesta de fin de año del colegio. Pero mientras tanto, casi todos los fines de semana asistimos a degradantes amaneceres de sábados y domingos, con chicos que deambulan borrachos por nuestros barrios.

El tema está instalado. No se trata de agregar una queja más a la sociedad. En todo caso, nos deberíamos plantear entre todos cómo generamos una cultura de la sobriedad, de la sana diversión y de la alegría del esparcimiento que humaniza, generando vínculos serios, amistades permanentes. Una cultura que nos ayude a darle un sentido humano a esa dimensión tan fundamental de la existencia, como es la de saber divertirse.

El truco, la escoba, la generala, la lotería fueron desde siempre juegos que, de algún modo, animaron nuestras reuniones familiares y hasta nos ayudaron a entretenernos y a conocernos más unos a otros. También desde chicos todos conocimos a alguien que había arruinado su vida y la de su familia por causa del juego.

Algunos parten del argumento de que quienes fomentan el juego simplemente blanquean la dimensión lúdica de la misma naturaleza humana. Pero una cuestión es el juego familiar, el billete de lotería intrascendente y algo muy distinto es instalar en la sociedad la cultura del juego.

Se confunde a la sociedad aumentando la difusión y proliferación del exceso y, por lo tanto, la facilitación del vicio.

El poder económico de los grandes empresarios del juego y sus alianzas con los poderes políticos son enormes. La compra de voluntades y de apoyos no reconoce límites.

Los bingos, difundidos en principio como inocentes salones de encuentro familiar, unidos al fabuloso negocio de los tragamonedas, al alcance de todos los estratos sociales, se han ido convirtiendo en importantes centros de juego y, como tales, en destructores de vidas y ruina de una enorme cantidad de familias.


Muchas veces, funcionarios honestos han tenido que soportar presiones desde diversos estratos del poder para votar leyes o autorizar concesiones que faciliten, en última instancia, el enriquecimiento desmedido de unos pocos a costa de la ruina y la degradación de muchos. Gracias a Dios, algunos municipios de nuestra diócesis han podido resistir a esas presiones, que cada tanto se repiten con fuerza.

En noviembre pasado, la Asamblea Plenaria del Episcopado aprobó un documento titulado La droga, sinónimo de muerte, que no tuvo casi ninguna difusión en los medios de comunicación. ¿Qué pasó? Normalmente, los documentos de la Conferencia Episcopal referidos a sucesos de actualidad suelen ser bien recibidos y difundidos por los medios. Este fue totalmente silenciado. ¿No parece algo sospechoso? Es un documento sumamente claro sobre el poder del narcotráfico y los estragos que produce la droga.

Al recorrer las localidades del Gran Buenos Aires, impresiona encontrar tantos adolescentes y jóvenes sin hacer nada, muchos de ellos que abandonaron la escuela convocados a la esquina por el alcohol y la droga. Esto ocurre en todos los estratos sociales. Ya forman un grupo social numeroso que no estudia ni trabaja. Sólo sobreviven. Ya constituyen una estructura muy sólida difícil de transformar. Es la mayor hipoteca social del país, y si no encaramos con seriedad esta cuestión, dentro de poco tiempo será el mayor de los problemas de la sociedad argentina.
Por todo esto, tomarnos en serio la cuestión educativa implica mucho más que tener buenas escuelas. Si estamos dispuestos a que la educación sea una verdadera política de Estado, deberíamos combatir con seriedad y firmeza todo lo que fomenta el vicio: el juego, el alcohol y la droga en primerísimo lugar. Y, por supuesto, es el Estado en sus diversos niveles, nacional, provincial y municipal, el que debe encarar con más fuerza este combate.

(*) El autor es obispo de San Isidro.

Fuente: Valores Religiosos