lunes, 1 de diciembre de 2008

¿A dónde va la educación?


La escuela es la que tiene la responsabilidad de educar, pero no puede resolverlo todo. La cultura de la responsabilidad debe formar parte de toda la sociedad, no sólo de la escuela.

La exclusión, es decir, la imposibilidad de incorporarse a la sociedad, ya no pasa únicamente por la exclusión económica, vivimos también una exclusión cultural que es sumamente grave y alarmante. Admitir el desmoronamiento del sistema educativo es consentir la violencia, aceptar la pobreza y la exclusión y resignarse a la desintegración social.

Las desigualdades históricas (en términos de oportunidades de acceso, rendimiento y calidad) de la educación básica están en vías de profundizarse como resultado de las transformaciones de la economía y la crisis. La educación dejó de ser un instrumento que permita el ascenso social y se transformó en un paracaídas que ayuda a caer más lentamente. Estudiar siempre sirve; aun cuando no sirva para ascender, sirve para no caer.

Sin embargo, en nuestro país, demasiadas veces la pobreza de las familias se encuentra con las pobrezas de la oferta escolar. Y a las escuelas donde asisten los chicos de menos recursos, las que deberían ser, más que otras cosas, promotoras del ascenso social y espacios de auténtica inclusión, vemos que les falta infraestructura, insumos y equipamientos didácticos y calidad de los recursos humanos que allí trabajan. Las dos pobrezas se potencian.

También es cierto que algunos docentes hacen maravillas allí donde faltan los recursos. Es preciso poner un nuevo énfasis en la tarea del docente, humilde, pero que sigue siendo siempre trascendente. Y es en las aulas donde realmente se hace la diferencia, pero pasa desapercibida, porque el esfuerzo cotidiano y silencioso no es noticia. La escuela sale en los medios cuando un chico lleva un arma y empieza a los balazos. Eso conmueve y nos sensibiliza, y el colectivo social dice: "así de mal está la educación". La educación no es sólo un derecho humano, es también un instrumento imprescindible para fortalecer el capital social y construir ciudadanía. La Escuela debería poder garantizar la equidad para asegurar la inclusión social, porque no se puede pensar en un proyecto de país que no tenga un compromiso real con la educación.

Los chicos merecen que hagamos el esfuerzo de volver a fortalecer el interés social en la educación, sobre todo, volver a creer y a generar en la gente la convicción de que la importancia de la educación reside en el hecho de que tiene que ver con el desarrollo intelectual y social de las personas, de que es parte del capital cultural de un pueblo y no se limita a preparar solamente para el trabajo. Vivimos en la sensación de un presente permanente. No proporcionamos a los jóvenes la dimensión histórica de su existencia, no les mostramos que están implicados en un proceso en el que se heredan cosas y se dejan otras para los que vendrán luego; precisamente porque tenemos un pasado, la tarea que hacemos, decidiendo responsablemente hoy, tiene trascendencia porque impactará en el futuro próximo.

Invertir en una educación de calidad para todos es comprometernos con el porvenir y poner en el centro de la escena a los niños y a los adolescentes, es invertir en un futuro mejor para todas las personas y para la misma sociedad. Si no les transmitimos a nuestros jóvenes esta herencia cultural, algún día ellos nos reclamarán por haberles ocultado las posibilidades de ser que da la educación.

El desafío es cómo transformar la crisis en oportunidad, cómo dar herramientas a nuestros niños y jóvenes desde el conocimiento y desde los valores para ser sujetos responsables, participativos y libres, capaces de soñar y construir juntos una sociedad más justa, más tolerante, más solidaria, más humana.
Fuente: Revista "Comunicarnos", una publicación de la Comisión de Niñez y Adolescencia en riesgo- Arzobispado de Buenos Aires

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