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viernes, 3 de febrero de 2012

La violencia no es la respuesta


Por Joaquín Rocha
La violencia es hoy en día uno de los grandes problemas que padecemos como parte del precio que tenemos que pagar por vivir en un contexto de modernización y tecnología en los albores del nuevo siglo. Ella, como arrastre del pasado, no es legada sin poder rechazarla.
Nos estamos acostumbrando y por ello, en ocasiones, perdemos nuestra capacidad de asombro y llegamos a confundir la realidad con la fantasía. Se trata de una forma de vincularse que cala hondo en los valores que marcan un estilo de vida y enferman cualquier proceso de sociabilización.
No sólo te la topas en las calles, sino también en el hogar y en las instituciones, como la escuela, que son cimiento fundamental de nuestra sociedad.
Las conductas violentas surgen en el seno de las relaciones tempranas dentro una familia violenta. Es el motor de vida necesario para sobrevivir, ya que en la cotidianidad el “actuar” ocupa el lugar del “dialogar”.
Estas relaciones intrafamiliares manifiestan la existencia de diferentes quiebres que devienen en crisis y, en muchos casos, constituyen la expresión estructural de los conflictos que surgen del entorno social. Una conciencia de déficit entre la familia y las demandas de la sociedad que la rodea originan comportamientos antisociales que recaen directamente en la formación de la personalidad del violento. Esto se debe a que la familia determina los procesos vinculares e interviene directamente sobre el fracaso de esa sociabilización, generando comportamientos agresivos a veces para sí mismo o casi siempre dirigidos hacia los demás.
"El núcleo familiar es el centro más pequeño de la sociedad, y gran parte de nuestras dificultades comienzan ahí, en la familia. Si los padres no disciplinan a sus hijos, estos se vuelven irrespetuosos, en menor o mayor medida. Pero si tienen una formación sólida con principios morales y éticos en donde el respeto a los demás sea el principio entre ellos, así actuarán en cada situación de su vida", aseguró a Infobae.com la licenciada Mariela Goldszmidt (MN 29900), integrante del equipo profesional del Instituto de Psicología Argentino.
Los hechos de violencia, ocurridos en el ámbito escolar, no pueden ser vistos sólo unicausalmente, sino que, al mismo tiempo, son el resultado de múltiples sucesos, también violentos, que se articulan y se potencian entre sí. Como manifestación de una alteración individual, como resultado de carencias familiares, como resultado de fallas en la socialización, como presiones económico-sociales del entorno. De ahí que el análisis del comportamiento violento requiera un trabajo inter y multidisciplinario que permita la explicación de las causas.
“Sin embargo, está claro que la raíz del problema y, consecuentemente, su solución pasa por algo demasiado evidente: el resquebrajamiento del respeto al principio de autoridad del docente, la evaporación de los límites entre alumno y maestro, y entre hijos y padres. Al fin, la pérdida de valores en un país cuya sociedad observó, entre otros casos paradigmáticos, como el poder premió a quien tomó una comisaría o a quien decide bloquear el funcionamiento de una empresa o, cosa de todos los días, interrumpir el derecho a la libre circulación… El viejo y tácito acuerdo de padres y educadores en procura de formar a niños y jóvenes parece cada día más lábil. El respeto a la autoridad se ha desdibujado casi por completo y quienes tienen la obligación de restablecerlo están paralizados por el miedo a ser tildados de autoritarios y, consecuentemente, ser sancionados por sus superiores o mal mirados por la sociedad” (fuente: Diario La Nación).
Desviar toda la responsabilidad hacia el gobierno de turno es el mejor pretexto que tenemos a mano para no vernos como individuos que formamos parte de una sociedad de la cual somos cocreadores y la más de las veces como cómplices por “pensamiento, obra u omisión” de violencias cotidianas; y hasta algunas socialmente aceptadas.
Los límites entre la familia y la escuela no suelen estar correctamente definidos, dado que la primera deposita en la segunda la impotencia que siente al no poder enseñar a sus hijos los hábitos necesarios para que se desarrollen como personas y ciudadanos de bien.
No se puede esperar que la escuela resuelva todos los problemas de la sociedad. El aprendizaje más efectivo se produce cuando docentes y padres trabajan juntos y coherentemente en un misma escala de valores.
“Nuevamente aparecen en los medios, escenas de violencia en las escuelas que nos interpelan a todos en general y a los docentes en particular. Estigmatizar a los jóvenes como violentos o circunscribir la violencia al ámbito escolar es para nosotros un reduccionismo porque consideramos que la violencia escolar no esta disociada de la violencia social… Tampoco perdamos de vista que el tema es complejo y tiene distintas dimensiones y el contexto social es muy importante. Por ello, debemos interrogarnos y preguntarnos si estamos construyendo una matriz socio cultural violenta en donde se ponderan valores que priorizan el Tener en lugar del Ser” (Lic. Marcelo Albornoz).
Otro aspecto que se debe tener en cuenta es que todas las sociedades, en menor o mayor grado, viven sacudidas por una violencia social; y esta no se aplica solamente a lo físico. Violación de los derechos humanos, desvalorización de la vida en general, insultos y maltratos, la presencia cotidiana de la muerte, del miedo, de la inseguridad. Todo ello crea un constante estado de angustia que cerrando el círculo provoca más violencia.
Alguien debe romperlo. Preguntémonos cada día qué hacemos para que la violencia sea la única respuesta posible.

Fuente: San Pablo on line

viernes, 13 de mayo de 2011

Violencia y discriminación en la escuela




De tal palo, tal astilla: violencia y discriminación en la escuela
Datos preocupantes
por Ivana Fischer
Periodista


Lamentablemente, para muchos, la agresión “es la única respuesta”. Hoy se está proyectando, en las instituciones educativas argentinas, lo que ocurre aulas afuera. “La escuela no es ajena a la realidad del país: es una caja de resonancia que absorbe las tensiones y los conflictos exteriores”, reconoce la especialista en Educación de UNICEF Argentina, Elena Duro.

Burlas, maltratos y hostigamientos son más frecuentes en escuelas privadas; en los establecimientos públicos, se observan más peleas. Estos datos alarmantes, se los mire por donde se los mire, surgen de una investigación del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) y la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO).

Si bien la investigación abarcó sólo a escuelas públicas y privadas de la ciudad y la provincia de Buenos Aires, esta realidad se puede vislumbrar también en el interior de nuestro país, aunque quizá no con la misma magnitud.


La violencia verbal es diaria. “Los chicos naturalizan los insultos como forma de comunicación, al igual que los comentarios discriminatorios, ya sea por color de piel, por religión, por ser inmigrante (chinos, bolivianos, paraguayos), por referencias musicales o de vestimenta, lo cual genera rivalidades que, muchas veces, terminan en disputas resueltas mediante la agresión física”, indican.

Además, en el relevamiento, se enfatiza en que “las problemáticas vinculadas a conflictos entre alumnos como burlas, maltrato, hostigamiento, discriminación, humillaciones, padecimiento de actitudes crueles resultan más frecuentes en los alumnos de nivel económico social alto”.

¿Qué modelos de vida les estamos dando a nuestros hijos? ¿Qué tipo de personas queremos formar? ¿Está, en nuestros planes, educarlos para que sean hombres y mujeres de bien, o, con nuestras conductas y ejemplos, sólo logramos fomentar en ellos la segmentación?

Nuestros comportamientos inadecuados y negativos (repulsivos, agresivos, coercitivos, autoritarios...) no sólo son observados por nuestros hijos, sino también aprendidos. Lo mismo ocurre con nuestras conductas adecuadas y positivas.

El niño observa nuestra manera de responder a las diferentes situaciones, nuestra manera de comunicarnos, nuestras prioridades, nuestros valores, nuestras actitudes... así como las consecuencias de todo ello, y van aprendiendo comportamientos, a responder de determinadas formas ante determinados estímulos. Así, por ejemplo, si el niño observa cómo su padre consigue sus objetivos gritando a los demás, es muy probable que, cuando quiera conseguir algo, lo pida a gritos y, si tiene éxito, volverá a repetir su conducta, fortaleciéndola cada vez más...

Es común que docentes se quejen de que, dentro de las instituciones educativas, se sienten “atrapados” en medio del fuego cruzado de la violencia verbal y no verbal, del triunfo del espectáculo y el griterío sobre el esfuerzo y el estudio. Algunos lo contextualizan: "Los alumnos son tan ingobernables como los hijos. Los problemas de disciplina que se suscitan en la escuela son los mismos que ocurren en las casas", e incluso padres coinciden con profesores y maestros: "los alumnos hacen lo que quieren en casa".

Los docentes comentan que “se acostumbran” al maltrato psicológico porque “la violencia verbal prolifera en las aulas”. Los alumnos la consideran un modo de relación normal. No la ven como lo que es: una agresión.


“Si no levantás las notas, te mando a una escuela pública. Vas a terminar barriendo calles”. Esta aseveración de un progenitor a su hijo adolescente duele, pero es una “amenaza bastante común” entre los que “deciden” enviar a sus hijos a una “privada”.

Aquí también hay que hacer una salvedad, ya que la mayoría de las escuelas privadas reciben subsidios estatales, sea a través de exenciones de impuestos para las instituciones educacionales sin fines de lucro, becas, subsidios directos y capacitación o actualización de habilidades para maestros.


Vemos que la brecha social se acrecienta, y no solo en la escolaridad. Gran culpa de esto la tienen los gobiernos, por la histórica falta de presupuesto destinado a la educación, el desgaste de la escuela pública, para, así, acometer una reforma privatizadora; por otro lado, hay que responsabilizar al conjunto de administraciones que no ha sabido o no ha querido transmitir a la sociedad un modelo claro de escuela pública.


Los padres deben involucrarse en la educación de sus hijos, dentro y fuera del aula, y no solo para que aprenda matemáticas, geografía, idiomas, historia, ciencias…, sino también para que aprenda ética y valores, particularmente que forme un juicio, de modo que él mismo pueda crear sus propios valores en un contexto social-constructivo y utilitario. Dejarle esto al gobierno implica una catástrofe, y dejárselo a las empresas (instituciones privadas puras) es igual o peor. No queda nadie más que nosotros mismos para rectificar el paso.

Vuelvo sobre la petición del docente, que se lamentan de la situación: “Hemos perdido el apoyo de la sociedad. Para muchos, el profesor es poco más que 'aquel individuo indeseable que tiene muchas más vacaciones que yo'. Los padres de hoy día lo cuestionan todo. Nos traen a sus hijos y quieren un resultado. Pero, al mismo tiempo, no confían en nosotros". La “indisciplina” actual (agresión verbal, que incluye insultos, amenazas, discriminación, sobrenombres; agresiones físicas que abarca manoseos, toqueteos y empujones, hurtos, violencia con la infraestructura escolar, etc.), sin la “complicidad” de los padres, es muy difícil de combatir.

Fuente: San Pablo on Line

lunes, 21 de febrero de 2011

David Chadwell opina sobre la escuela no mixta


David Chadwell es un defensor a ultranza de la educación diferenciada, o dicho de otra manera, aquella relacionada con los colegios no mixtos. Director de Iniciativas Educativas de Carolina del Sur (EE. UU.) y con una amplia experiencia docente, Chadwell ha pasado por Sevilla, invitado por la Fundación Ábaco y Easse (European Association Single-Sex Education), para exponer sus argumentos sobre las ventajas de este modelo educativo, que es una opción en la escuela pública norteamericana desde 2006 a partir de una reforma legal impulsada por dos senadoras: la republicana Kay Bailey y la demócrata Hillary Clinton. Desde que en 2007 fuera nombrado coordinador e impulsor de este proyecto, los colegios «single sex», o de educación diferenciada, han aumentado en Carolina del Sur de 40 a 125, registrando una demanda cada vez más creciente.

Para David Chadwell, esta opción educativa se justifica, básicamente, por «el derecho de los padres a poder elegir la educación que desean para sus hijos. Poder elegir libremente es fundamental también para alumnos y profesores. Además, si parte de la población demanda un modo de educar diferente, en una democracia se debe respetar y proveer dicho sistema», señaló convencido a ABC, no sin confesar su extrañeza con lo que está sucediendo en nuestro país y las cortapisas que se pretenden imponer a este tipo de escuela.

El papel de los docentes

«La educación diferenciada —dice— ha de quedar fuera del debate político y basarse en los resultados educativos». En este punto, recurre a los datos del último informe Pisa, según los cuales en todos los países se produce un fenómenos similar: las chicas superan a los chicos en las habilidades relacionadas con la lectura, mientras que éstos logran mejores resultados en ciencias. Es más, se detiene en un caso especialmente significativo, como el de Finlandia, con uno de los sistemas educativos más prestigiosos y donde, sin embargo, los alumnos arrastran un retraso de hasta 55 puntos por debajo de sus compañeras en lectura. «Algo falla», advierte, lo que le da pie a considerar que «tomar el sexo como una opción para enseñar es algo positivo y no una discriminación». Dentro de este contexto, hace especial hincapié en el papel del profesorado: «Los docentes tienen que recibir la formación necesaria para saber cómo se pueden optimizar las potencialidades de los alumnos a partir del conocimiento de las peculiaridades de cada sexo». Chadwell argumenta que con la aplicación de esos criterios específicos, en las escuelas diferenciadas de Carolina del Sur, chicos y chicas han recortado sus diferencias obteniendo mejores resultados en el aprendizaje. «Ese trabajo de saber cómo es diferente el niño y la niña en la escuela, deberíamos aprenderlo los profesores en la Universidad, pues resulta esencial para la enseñanza».

Mayor participación, autoestima, interés... son sólo algunos de los aspectos positivos que destaca de los alumnos y alumnas que siguen sus estudios en escuelas diferenciadas. «El éxito académico mejora con este sistema, muy ligado también al trabajo del profesorado», apunta David Chadwell, quien subraya que la educación diferenciada «no es mejor, ni única, es una opción», en la que rechaza que exista discriminación alguna. En su alegato trae a colación cómo la Convención de la Unesco de 1960 excluye de dicha catalogación a este tipo de escuelas, en las que los contenidos curriculares, características de los centros y profesores son las mismas ya sean colegios de niños o de niñas.

Fuente: ABC de Sevilla

martes, 15 de febrero de 2011

¿Adulto? No, gracias.


Hasta no hace mucho tiempo atrás, la adolescencia era una etapa de la vida signada por la contradicción entre los grandes ideales románticos (románticos en los dos sentidos, el de protagonizar una epopeya heroica o también el de participar de un gran romance) y la angustia del "no poder", del "no alcanzar" porque el adolescente carecía de los recursos materiales y simbólicos que a los adultos les permitía independencia y autonomía: los adolescentes eran adolescentes porque todavía no podían tomar decisiones por sí mismos, y cuando las tomaban, se las criticaba por su inmadurez o su incapacidad.

Los adolescentes de antes eran puestos por nuestras sociedades en el lugar de la espera (a llegar a ser adulto), de la transición (a la adultez): la adolescencia era, a lo sumo, un momento de experimentación que se encauzaría con los beneficios de la adultez: el dinero del trabajo adulto, el sexo y el amor sin limitaciones (o con los límites que el adulto se autoimponía), la estabilidad de conformar adultamente una familia, el prestigio de vestirse como adulto, el reconocimiento al hablar con el lenguaje de los adultos, la exclusividad de poder ingresar a los lugares solo permitidos para adultos.

El adolescente de antes -pobres, nosotros, los que ahora tenemos más de 40 y queremos convencernos de que nuestro tiempo pasado era mejor- sufría la exclusión de no acceder a aquellos espacios vedados a los menores de 18, o de tener que dejar lugares públicos a las 22hs., de poseer un cuerpo al que se lo caracterizaba de "torpe" e "inmaduro". Para colmo, el mundo adulto subestimaba al adolescente por utilizar un léxico, usar una vestimenta o escuchar una música apenas aceptable para la edad, transitoria, burda, mejorable. La adolescencia era una etapa de la vida por suerte pasajera, un tanto absurda, que por fortuna desaparecía con el mero paso del tiempo.

No hace falta aclarar que este panorama hace tiempo estalló en mil pedazos y hoy, esta ecuación parece haberse invertido. Son los adultos los que intentan parecerse a los adolescentes: escuchan su música o al menos la conocen, tratan de usar (con algo de dignidad) su ropa, se animan a sus piercing y a sus tatuajes. Son adultos cool, ¿ok?

Los adultos ahora tratan de parecer "copados": hablan como adolescentes, se mimetizan en su "onda" y hasta tratan de retener en la medida de sus posibilidades su propio cuerpo como un cuerpo adolescente: que el cuerpo parezca puro, sin usar, virgen de paso del tiempo. Los adultos "copados" entienden, acompañan, son "gambas", nunca dicen "no" porque "esto es lo que decidieron los chicos". A veces ayudan y socorren a los adolescentes hasta en lo que los asusta o no están de acuerdo (tatuajes, horarios, alcohol, drogas) porque "más vale que la guita se la dé yo antes que se la consigan por otro lado", ¿Es re obvio, no? Estos adultos son unos re ídolos.

Ya no quedan sino unas pocas fronteras sociales entre adultos y adolescentes: a todos se nos ha dado ver lo mismo, saber lo mismo, escuchar lo mismo, participar casi de lo mismo. Baja la edad de imputabilidad penal y baja la edad de mayoría de edad. Pero no solamente estas cuestiones legales; hay más. El baile del caño ya no está reservado a experimentados y maduros cabareteros trasnochadores, y el porno perdió todo su misterio y está a apenas a un clic de distancia de cualquiera al que le interese. Ya no hay "horario de protección al menor" o por lo menos nadie se desgañita por hacerlo respetar, y son los adultos los que se van a dormir a las 22hs. Los que consiguen dormir, claro.

El modelo central de identificación social de nuestras sociedades ya no es adulto: ¿a quién le importa crecer? Al contrario, un adulto con fisonomía adolescente parece ser el ideal corporal de estos tiempos, mientras que el resto de los adultos son dinosaurios de una especie en vías de extinción. Como bien dice el tema de los Auténticos Decadentes "Quiero ser un pendejo/ aunque me vuelva viejo". Ahora todos somos "chicos". "¿Qué van a tomar, chicos?", nos pregunta la joven camarera de un bar de Palermo Hollywood a mi amigo Tedy y a mí, quienes entre ambos sumamos casi un siglo. ¿Los de Gran Hermano? Son todos "chicos", aunque tengan más de treinta. Los chorros ahora también son pibes.

No es que la adolescencia actual dure más que la de antes, como se dice por ahí. Lo que ocurre es que ya casi no hay distinción entre adolescencia y adultez en un mundo en el que a pocos se les ocurre invocar su propia experiencia o su sabiduría de la vida como un valor positivo. Y los que se hacen los sabios son denostados: al fin de cuentas aparecen como autoritarios imponedores de criterios pasados de moda. Están re out.

Es este un mundo en el que ya nadie ostenta con orgullo las canas y las arrugas. Nadie se vanagloria de las vueltas de la vida. Y, a la inversa, ya no es considerado un insulto el ser joven. Raúl Porchetto cantaba hace treinta años "Todo lo que hagas, pibe, no es bueno,/ hoy ser joven no tiene perdón." Lo que no tiene perdón hoy es dejar de ser joven y ser arrastrado por la marea de los años y la vejez. Más todavía, ser adulto hoy significa asumir responsabilidades casi con tristeza. Es mejor perfilarse despreocupadamente: si sigo sin crecer alguien se va a tener que hacer cargo de mí.

Y, por favor, que sea rápido porque en un rato empieza el "Bailando..."

Mariano Narodowski
Profesor de la Universidad Torcuato Di Tella

Fuente: Síntesis Educativa
www.sintesis-educativa.com.ar

viernes, 15 de octubre de 2010

Educación diferenciada. Iguales pero diferentes

Desde que el Departamento de Educación de Estados Unidos dio nuevas reglas en 2006 para permitir la educación diferenciada por sexos en la enseñanza pública, las escuelas de este tipo están proliferando. Este año, según datos de la asociación nacional de Single Sex Public Education, 540 escuelas públicas han adoptado fórmulas de este tipo. Un reportaje publicado en el magazine del Washington Post (8-08-2010) cuenta la experiencia de algunas de estas escuelas.

En cuanto a la organización, existen tres modelos: las llamadas “dual academy”, en las que chicos y chicas van al mismo colegio, pero mantienen clases separadas, excepto en ocasiones especiales; colegios mixtos con clases diferenciadas por sexos únicamente en determinadas materias; y colegios que son solo de chicos o de chicas.

Las escuelas con educación diferenciada son particularmente populares en los distritos urbanos que tienen amplias poblaciones de minorías, y que a menudo son los que tienen más problemas de calidad académica. Estas escuelas abundan más en el sudeste del país, y especialmente en Carolina del Sur, donde miles de niños participan en programas de este tipo en 160 escuelas públicas, mientras que otras tantas están considerando esta opción para el próximo curso.

Una de las principales ventajas de las clases separadas es que las diferencias entre chicos y chicas pueden explotarse en beneficio de ambos, dice Leonard Sax, psicólogo, autor de libros como Why Gender Matters que aboga por la enseñanza diferenciada.

La presencia de chicos y chicas en las mismas aulas no equivale a realizar la igualdad entre hombres y mujeres. Esta es la conclusión de un artículo de síntesis sobre los resultados de la coeducación, escrito por Marie Duru-Bellat, investigadora de Sciences Po, publicado en la Revue de l’OFCE, nº 114 (julio 2010).

El artículo presenta una síntesis de lo que desvela la investigación en educación sobre el funcionamiento de las clases mixtas. La síntesis muestra que en la vida diaria de la clase se reproducen los estereotipos de los roles sociales masculinos y femeninos.

Los estudios atribuyen parte de la responsabilidad a los educadores por exigir de modo diferente a chicos y a chicas. Marie Duru-Bellat toma como ejemplo las materias científicas. Inconscientemente, los educadores esperan más de los chicos en estas materias, y por lo tanto les exigen más. En cambio, prestan menos atención a las chicas, a las que se supone menos dotadas en estas asignaturas.

En cambio, en las clases no mixtas, al no haber esta diferencia de trato, las chicas tienen más facilidad para destacar plenamente.

Otra observación sobre las clases mixtas es que las relaciones de competencia entre los sexos refuerzan su diferenciación. En los grupos mixtos, los estereotipos de lo masculino y lo femenino tienden más a afirmarse. Las chicas tratan de evitar la confrontación con los varones. Por su parte, los chicos tienden a afirmar su virilidad, lo que da lugar a un despego por las exigencias escolares y a obtener peores notas. A la inversa, en las clases no mixtas chicos y chicas no tienen complejos para hacer elecciones escolares distintas de lo que se espera de su género.

La conclusión de la socióloga es que la simple instauración de la coeducación no produce los resultados esperados en términos de igualdad. Por lo cual habría que plantearse seriamente la posibilidad de volver a las clases diferenciadas por sexos, al menos de un modo parcial y puntual.


Fuente: Fluvium

viernes, 14 de mayo de 2010

Violencia y desarrollo infantil


Por
Lorraine B. Wallach


La violencia ha causado la muerte de muchas personas y gastos anuales de millones de dólares en atención médica y en sueldos perdidos. Dentro del contexto de este texto, el término violencia se refiere al abuso de los niños u otro conflicto doméstico, agresión como producto de las pandillas y/o criminalidad en la comunidad, incluyendo el atraco. Una de las consecuencias más destructivas de la violencia es el efecto que produce en el desarrollo emocional de los niños. Esta publicación examina las consecuencias de la violencia en términos del desarrollo de los niños quienes son víctimas o testigos de la violencia dentro de su familia o en su comunidad.

Violencia en los Años Preescolares

Los niños que crecen con la violencia están expuestos, con frecuencia, a la posibilidad de un desarrollo emocional patológico. Según la exposición clásica de Erikson sobre el desarrollo individual, aprender a tenerle confianza a una persona es la tarea principal de los niños durante el primer año de vida. La confianza ofrece el fundamento necesario para el desarrollo futuro y crea la base para la confianza propia y el respeto a sí mismo. La capacidad de una criatura de tenerle confianza a la gente depende de la capacidad de la familia de proveer un nivel de cuidado constante y de responder a las necesidades del niño en lo que es el cariño y la estimulación. Se compromete este nivel de cuidado cuando la familia de la criatura vive en una comunidad altamente afectada por la violencia y/o cuando teme por su seguridad física. Además, tal vez no se vean en condiciones los padres mismos de ofrecerle el cuidado necesario debido al hecho de que su energía emocional se pierde en sus esfuerzos por garantizar su seguridad (Halpern, 1990). Hasta las tareas de la rutina diaria como ir al trabajo, hacer las compras y cumplir con las citas médicas requieren mucha planificación y esfuerzo adicional.

Cuando los niños cumplen aproximadamente los dos años, tienen un impulso interior de experimentar las habilidades recién adquiridas en la infancia, como por ejemplo caminar, saltar y trepar. Estas habilidades se practican mejor en los parques y las áreas de recreo, no dentro de departamentos donde viven varias personas. Sin embargo, a los niños que crecen en comunidades con un alto índice de criminalidad y mucha actividad pandillera, con frecuencia, no se les permite jugar afuera. Ellos, en cambio, se ven obligados a quedarse dentro de los espacios reducidos los cuales restringen sus actividades; asimismo, estas condiciones de vida obligan a los padres y otros miembros mayores de la familia a establecer restricciones adicionales a los niños (Scheinfeld, 1983). Estas limitaciones, las cuales son difíciles de entender para los niños, pueden ocasionar disrupciones en su relación con el resto de su familia.

Durante los años preescolares, los niños se encuentran preparados para salir del ámbito familiar para establecer nuevas relaciones y aprender más sobre otras personas (Spock, 1988). Sin embargo, cuando ellos viven en comunidades plagadas por el peligro, a los niños se les puede prohibir jugar afuera o hasta acompañar a los niños mayores en las diligencias de la casa. Además, los niños preescolares participan frecuentemente en programas de cuidado infantil en zonas donde la violencia predomina.

La Violencia en los Años Escolares

Aunque los primeros años de vida son más críticos en la preparación para el desarrollo futuro del niño, las experiencias de los años escolares son también muy importantes para el crecimiento saludable de los niños. Durante estos años, ellos desarrollan los dones sociales y académicos necesarios para su futuro como ciudadanos adultos; la violencia, en casa o en la comunidad, ejerce un efecto negativo notable en este parámetro del desarrollo del niño.

Cuando la energía de los niños se consume en su defensa propia o en miedos producidos por la violencia, tienen mayores dificultades en la escuela (Craig, 1992). Los niños traumatizados por la violencia pueden padecer de una memoria distorcionada y sus capacidades cognitivas pueden ser perjudicadas (Terr, 1983);

Los niños quienes han sido víctimas o que han visto a otras víctimas de la violencia pueden tener dificultades en su trato con otras personas. La ira que comúnmente acompaña a estos niños tiene una gran posibilidad de incorporarse a sus estructuras de personalidad. La carga de dicha ira dificulta el control de su propio comportamiento, aumentando así el riesgo de que ellos también recurran a la violencia;

Los niños aprenden sus habilidades sociales al identificarse con los seres adultos que participan en su vida. Ellos no pueden aprender modos no agresivos de interrelacionarse con otras personas cuando los únicos modelos, inclusive los que aparecen a través de los medios de comunicación, utilizan la fuerza física para lograr la resolución de sus problemas (Garbarino y otros, 1992);

Para controlar sus miedos, es posible que los niños quienes viven en un ámbito de violencia repriman sus sentimientos. Este mecanismo de defensa los afecta en su vida inmediata y puede causar un desarrollo patológico al largo plazo. Asimismo, puede interferir en su capacidad de comprensión e interacción con otras personas de manera significativa y hasta en sentir empatía por ellas. Los individuos quienes no pueden sentir empatía por los demás y sus sentimientos tienen una probabilidad menor de poder reprimir su propia agresión y una probabilidad mayor de volverse insensibles a la brutalidad en general. Saber cómo algunos jóvenes terminan en un estado de "bancarrota emocional" de esta manera nos ayuda a comprender por qué se preocupan tan poco por su vida propia y por la vida ajena (Gilligan, 1991);

Los niños quienes son traumatizados por la violencia pueden tener dificultad en imaginarse a sí mismos en papeles de importancia en el futuro. Los estudiantes en California quienes fueron raptados y terminaron siendo rehenes en su bus escolar manifestaron un panorama limitado de su vida futura y con frecuencia anticipaban un futuro desastroso (Terr, 1983). Los niños quienes no ven un futuro positivo para ellos mismos tienen dificultad en concentrarse en las tareas inmediatas como en el aprendizaje y en la socialización;

Los niños precisan sentir que tienen la capacidad de controlar algún elemento de su existencia, pero los que conviven con la violencia aprenden que tienen poco que decir sobre lo que les acontece. Comenzando con las restricciones sobre su autonomía cuando son pequeños, esta sensación de impotencia continúa cuando llegan a la edad escolar. No sólo hallan las restricciones normales a las que todos los demás niños deben ceñirse, sino que su libertad se ve limitada, además, por el ámbito en el que viven donde reinan las pandillas y los narcotraficantes;

Cuando los niños sufren un trauma, una reacción común es volver a una etapa anterior en la que todo era más fácil. Esta regresión puede ser terapéutica si permite al niño posponer el encuentro inevitable con los sentimientos provocados por el evento que produjo el trauma original. Es decir, es una manera de ganar fuerza psicológica. Sin embargo, cuando los niños están sujetos a una presión constante, corren el peligro de quedarse, psicológicamente, en una etapa de desarrollo anterior.

Las Diferencias Personales y la Elasticidad

No todos los niños responden de manera igual a las situaciones difíciles; hay muchos factores que influyen en las capacidades de tolerar situaciones adversas como por ejemplo la edad, la reacción de la familia ante la presión y el temperamento del niño. Los niños menores tienen una tendencia mayor a rendirse ante la presión que los niños de edad escolar o los adolescentes. Los niños menores pueden ser protegidos de las fuerzas ajenas si los que los cuidan son fuertes, psicológicamente, y disponibles para ellos.

Los niños que viven en un hogar estable, donde hay mucho apoyo emocional, tienen una probabilidad mayor de aprender a tolerar las situaciones contrarias en su vida porque tienen a su disposición a seres adultos caritativos. Si los adultos están dispuestos a escuchar a los niños, especialmente cuando hablan de sus miedos, y ser fuentes de estabilidad para ellos, ellos podrán tratar con sus propios problemas mucho mejor. Los niños son más flexibles si nacen con un temperamento moderado y están de buena salud mental. Si tienen suficiente suerte de tener padres fuertes quienes pueden tolerar la presión de la pobreza y la violencia en la comunidad, los niños tienen una probabilidad mayor de llegar a ser adultos felices y productivos (Garmezy y Rutter, 1983).

La Adaptabilidad en los Niños

Aunque lo que les acontece en los primeros años de vida es de gran importancia, muchos niños son capaces de sobrellevarse los dolores y miedos de su vida temprana. Para los niños quienes viven en una atmósfera de presión y violencia, la capacidad de formar relaciones y obtener de los demás lo que les falta a ellos en su propia familia y comunidad es de gran importancia en términos de un desarrollo saludable.

Los miembros del personal de escuelas, guarderías y programas de recreo físico pueden ser un recurso importante para los niños. Ellos pueden ofrecerles otras perspectivas de sí mismos, además de enseñarles las habilidades necesarias para tener éxito en el mundo. Con tiempo, esfuerzo y destreza, estos profesionales pueden ofrecerles a los niños una oportunidad para desafiar lo negativo y cambiar el rumbo de su vida hacia lo positivo.

Para Más Información


Bell, C. (1991). Traumatic Stress and Children in Danger. Journal of Health Care for the Poor and Underserved 2 (1): 175-188.

Carnegie Corporation of New York. (1994). Saving Youth from Violence. Carnegie Quarterly 39 (l, Invierno): 2-5.

Craig, S.E. (1992). The Educational Needs of Children Living with Violence. Phi Delta Kappan 74 (l, Sep 10): 67-71. EJ 449 879.

Garbarino, J., N. Dubrow, K. Kostelny, y C. Pardo. (1992). Children in Danger: Coping with the Consequences of Community Violence. San Francisco: Jossey-Bass. ED 346 217. Este documento no está la disposición del EDRS.

Garmezy, N. y M. Rutter, editores. (1983). Stress, Coping, and Development in Children. New York: McGraw Hill.

Gilligan, J. (1991). Shame and Humiliation: The Emotions of Individual and Collective Violence. Ponencia presentada en las Erikson Lectures de Harvard University, Cambridge, Massachusetts, el 24 de mayo de 1994.

Halpern, R. (1990). Poverty and Early Childhood Parenting: Toward a Framework for Intervention. American Journal of Orthopsychiatry 60 (l, Enero): 6-18.

Kotlowitz, A. (1991). There Are No Children Here. New York: Doubleday.

Scheinfeld, D. (1983). Family Relationships and School Achievement among Boys in Lower-Income Urban Black Families. American Journal of Orthopsychiatry. 53 (l, Enero): 127-143.

Spock, B. (1988). Dr. Spock on Parenting. New York: Simon y Schuster.

Terr, L. (1983). Chowchilla Revisited: The Effects of Psychic Trauma Four Years after a Schoolbus Kidnapping. American Journal of Psychiatry 140: 1543-1550.

Wallach, L (1993). Helping Children Cope with Violence. Young Children 48 (4, Mayo): 4-11. EJ 462 996.

Zero to Three. (1992). Can They Hope To Feel Safe Again?: The Impact of Community Violence on Infants, Toddlers, Their Parents and Practicioners. Arlington, Virginia: National Center for Clinical Infant Programs. ED 352 161.

Zinsmeister, K. (1990). Growing Up Scared. Atlantic Monthly 256 (6, Junio): 49-66

lunes, 1 de febrero de 2010

"Familia escuela: Resiliencia familiar"


Tenemos que animarnos. Comienza un nuevo año y, con las energías renovadas, puede ser el período perfecto para profundizar un nuevo enfoque para nuestra vida y para los problemas que van llegando. Las crisis, por ejemplo, son una puerta abierta para nuestra superación y la de nuestros seres queridos. La respuesta a los problemas que se presentan hoy en nuestra familia no necesariamente la tiene un especialista carísimo o un gurú; la tenemos nosotros mismos, y se llama resiliencia.

La investigadora y orientadora familiar Verónica Rodríguez reflexiona sobre este capital en su libroy nos facilita el camino con las siguientes consideraciones.
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