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miércoles, 19 de octubre de 2011

La violencia no es la respuesta



por Joaquín Rocha

La violencia es hoy en día uno de los grandes problemas que padecemos como parte del precio que tenemos que pagar por vivir en un contexto de modernización y tecnología en los albores del nuevo siglo. Ella, como arrastre del pasado, no es legada sin poder rechazarla.

Nos estamos acostumbrando y por ello, en ocasiones, perdemos nuestra capacidad de asombro y llegamos a confundir la realidad con la fantasía. Se trata de una forma de vincularse que cala hondo en los valores que marcan un estilo de vida y enferman cualquier proceso de sociabilización.

No sólo te la topas en las calles, sino también en el hogar y en las instituciones, como la escuela, que son cimiento fundamental de nuestra sociedad.

Las conductas violentas surgen en el seno de las relaciones tempranas dentro una familia violenta. Es el motor de vida necesario para sobrevivir, ya que en la cotidianidad el “actuar” ocupa el lugar del “dialogar”.

Estas relaciones intrafamiliares manifiestan la existencia de diferentes quiebres que devienen en crisis y, en muchos casos, constituyen la expresión estructural de los conflictos que surgen del entorno social. Una conciencia de déficit entre la familia y las demandas de la sociedad que la rodea originan comportamientos antisociales que recaen directamente en la formación de la personalidad del violento. Esto se debe a que la familia determina los procesos vinculares e interviene directamente sobre el fracaso de esa sociabilización, generando comportamientos agresivos a veces para sí mismo o casi siempre dirigidos hacia los demás.

"El núcleo familiar es el centro más pequeño de la sociedad, y gran parte de nuestras dificultades comienzan ahí, en la familia. Si los padres no disciplinan a sus hijos, estos se vuelven irrespetuosos, en menor o mayor medida. Pero si tienen una formación sólida con principios morales y éticos en donde el respeto a los demás sea el principio entre ellos, así actuarán en cada situación de su vida", aseguró a Infobae.com la licenciada Mariela Goldszmidt (MN 29900), integrante del equipo profesional del Instituto de Psicología Argentino.

Los hechos de violencia, ocurridos en el ámbito escolar, no pueden ser vistos sólo unicausalmente, sino que, al mismo tiempo, son el resultado de múltiples sucesos, también violentos, que se articulan y se potencian entre sí. Como manifestación de una alteración individual, como resultado de carencias familiares, como resultado de fallas en la socialización, como presiones económico-sociales del entorno. De ahí que el análisis del comportamiento violento requiera un trabajo inter y multidisciplinario que permita la explicación de las causas.

“Sin embargo, está claro que la raíz del problema y, consecuentemente, su solución pasa por algo demasiado evidente: el resquebrajamiento del respeto al principio de autoridad del docente, la evaporación de los límites entre alumno y maestro, y entre hijos y padres. Al fin, la pérdida de valores en un país cuya sociedad observó, entre otros casos paradigmáticos, como el poder premió a quien tomó una comisaría o a quien decide bloquear el funcionamiento de una empresa o, cosa de todos los días, interrumpir el derecho a la libre circulación… El viejo y tácito acuerdo de padres y educadores en procura de formar a niños y jóvenes parece cada día más lábil. El respeto a la autoridad se ha desdibujado casi por completo y quienes tienen la obligación de restablecerlo están paralizados por el miedo a ser tildados de autoritarios y, consecuentemente, ser sancionados por sus superiores o mal mirados por la sociedad” (fuente: Diario La Nación).

Desviar toda la responsabilidad hacia el gobierno de turno es el mejor pretexto que tenemos a mano para no vernos como individuos que formamos parte de una sociedad de la cual somos cocreadores y la más de las veces como cómplices por “pensamiento, obra u omisión” de violencias cotidianas; y hasta algunas socialmente aceptadas.

Los límites entre la familia y la escuela no suelen estar correctamente definidos, dado que la primera deposita en la segunda la impotencia que siente al no poder enseñar a sus hijos los hábitos necesarios para que se desarrollen como personas y ciudadanos de bien.

No se puede esperar que la escuela resuelva todos los problemas de la sociedad. El aprendizaje más efectivo se produce cuando docentes y padres trabajan juntos y coherentemente en un misma escala de valores.

“Nuevamente aparecen en los medios, escenas de violencia en las escuelas que nos interpelan a todos en general y a los docentes en particular. Estigmatizar a los jóvenes como violentos o circunscribir la violencia al ámbito escolar es para nosotros un reduccionismo porque consideramos que la violencia escolar no esta disociada de la violencia social… Tampoco perdamos de vista que el tema es complejo y tiene distintas dimensiones y el contexto social es muy importante. Por ello, debemos interrogarnos y preguntarnos si estamos construyendo una matriz socio cultural violenta en donde se ponderan valores que priorizan el Tener en lugar del Ser” (Lic. Marcelo Albornoz).

Otro aspecto que se debe tener en cuenta es que todas las sociedades, en menor o mayor grado, viven sacudidas por una violencia social; y esta no se aplica solamente a lo físico. Violación de los derechos humanos, desvalorización de la vida en general, insultos y maltratos, la presencia cotidiana de la muerte, del miedo, de la inseguridad. Todo ello crea un constante estado de angustia que cerrando el círculo provoca más violencia.

Alguien debe romperlo. Preguntémonos cada día qué hacemos para que la violencia sea la única respuesta posible.

Fuente: San Pablo

sábado, 5 de febrero de 2011

La paradoja del socialismo liberal


Por
Javier Úbeda Ibáñez

No deja de ser una paradoja lo que sucede en el socialismo liberal. Se trata de algo que nos interesa especialmente porque atañe de un modo muy inmediato a la cuestión del derecho de los padres a elegir los centros educativos de sus hijos. Salvo honrosas excepciones, todos los socialistas liberales son partidarios de la enseñanza estatal en exclusiva. Con esto se comprueba una vez más la tendencia de todo socialismo a convertirse en un “estatismo”, y conste que el socialismo liberal no ha dejado de preocuparse, precisamente en virtud del coeficiente liberal que en él existe, de los graves problemas que la centralización y el estatismo le plantean al valor de la libertad del ciudadano.

Por lo común, ante el socialismo liberal la gente no se interesa sino por la cuestión de hasta qué punto admite éste los derechos de la propiedad privada. Ciertamente se trata de una cuestión importante no ya sólo en sí misma, sino también por sus repercusiones sobre otros asuntos decisivos en la estructura de la coexistencia humana o de la vida civil en general. Pero si el tema de la propiedad privada es importante, ello en último término se debe a que ésta significa un instrumento que hace posible la iniciativa privada y, a la vez, la iniciativa privada no se limita a sus aplicaciones a los bienes de naturaleza material.

En el ámbito de esa iniciativa entran también, y en una forma eminente, otros bienes de rango superior: los que son el objeto de la actividad educativa en su más amplio o esencial sentido. Y todos ellos se relacionan claramente con la dignidad de la persona humana y con la libertad propia de ésta.

El socialismo liberal reconoce y acepta la libertad, también la justicia, pero entendiéndolas en la forma de unas grandes rúbricas abstractas, enteramente indeterminadas, que en principio todos los hombres están dispuestos a admitir. Las discrepancias empiezan cuando hay que determinar concretamente la forma de llevar a cabo la justicia y la libertad (como igualmente la tolerancia, inicialmente entendida, asimismo, como un valor abstracto).

A la hora de hacer esa concreta determinación surgen las diversas opiniones y la única forma de establecer algo definitivo es recurrir al sistema de la votación y respetar lo que salga de las urnas. En este sentido, el socialismo liberal es evidentemente liberal. Nadie puede negarle que se merece este título. Pero el socialismo liberal ha ido mucho más lejos que el viejo liberalismo, aunque es verdad que ya en éste se encontraban los gérmenes del extremoso relativismo en que hoy se incurre. De todas formas, el viejo liberalismo reconocía, a su modo, unos ciertos derechos naturales, que como tales no se discutían. Pero el socialismo liberal no reconoce estos derechos naturales. Para él, todo es opinable, porque no admite que el hombre esté previsto de una naturaleza o esencia que él mismo pueda conocer y de la cual derivan unas expresiones objetivas igualmente esenciales. Las únicas exigencias de las que el socialismo liberal se manifiesta abiertamente partidario son de carácter técnico, de tal manera que el coeficiente socialista que en esta ideología existe resulta así presentado como un elemento necesario para la mejor organización de la sociedad.

Cabalmente es la técnica socialista de la organización de la sociedad donde se halla el motivo por el que ha de excluirse, según este movimiento, toda enseñanza que no sea la del Estado. Y así hace falta decir que en este punto el llamado socialismo liberal es mucho menos liberal que socialista. En materia de educación, se trata de un movimiento que representa un puro y simple socialismo, sin mezcla alguna de liberalismo. Aunque usa el adjetivo liberal, prescinde de su significado y su valor a la hora de establecer concretamente el modo en que la enseñanza debe ser impartida, interpretándola como uno de los cometidos del Estado y excluyendo el derecho de la iniciativa privada a la creación de los centros educativos correspondientes.

Es increíble la ceguera que hay en este asunto cada vez que se le examina desde el punto de vista del simple interés político. Porque en efecto sucede que incluso los que se muestran partidarios del llamado socialismo liberal, lo consideran, no obstante, como efectivamente liberal, basándose en que este movimiento entra en el juego del sistema de los partidos y está dispuesto en su caso, a admitir lo que salga de las urnas. ¡Qué pobre idea de la libertad! Por lo visto, se piensa que la respetan los que no admiten el derecho de los padres a la elección de los centros educativos de sus hijos.

¿Piensan ustedes, realmente, que cabe ser liberal a la vez que se niega ese derecho? ¿O es que el derecho en cuestión se refiere a un asunto de muy poca o ninguna trascendencia?

Mucho nos tememos que la discusión de la validez de los diversos movimientos políticos se esté llevando a cabo sin entrar a fondo en las cuestiones de mayor trascendencia e importancia. Y estamos seguros de que la mayoría de los que hablan sobre el socialismo liberal sin ser partidarios de él no llegan ni tan siquiera a preguntarse cuál es la actitud que éste mantiene en una cuestión tan grave como la tarea educativa. Hasta tal punto hay ignorancia y confusión acerca de ello, que hemos podido comprobar que no son pocos los que se figuran que la actitud del socialismo liberal en materia de educación se reduce al principio de la igualdad de oportunidades, es decir, a algo que esencialmente nadie niega en el momento presente.

Pero una cosa es la igualdad de oportunidades y otra la tesis de que el Estado tiene el monopolio del derecho a la educación. Tal monopolio no se justifica por la mencionada igualdad. Porque la obligación de hacer posible que todos los ciudadanos se eduquen –una obligación del Estado, sin duda alguna– no autoriza a afirmar que todos los centros educativos hayan de ser estatales. Para resolver los problemas económicos implícitos en el derecho de todos los ciudadanos a ser educados, no hace ninguna falta que sean instituciones estatales los centros de educación.

lunes, 26 de julio de 2010

Cómo educar a nuestros hijos en un mundo hiperexigente



“Vivir apurados no es vivir, sino sobrevivir”.

Hoy en día hay un exceso de perfeccionismo y de vanidad en la educación de nuestros hijos.Se busca llenar su agenda hasta límites abusivos de clases extra-escolares, deberes y actividades que solo cansan y “machacan” a los niños y que, en muchos casos, refuerzan el ego de los padres que proyectan en ello posibles frustraciones personales.

Está muy bien que aprendan tecnología suficiente e idiomas para enfrentarse al mundo, pero lo más importante es crear niños y luego adultos con pasión por aprender, descubrir y llegar a ser seres humanos completos.

“Cuando los adultos controlan al milímetro la infancia de los niños, éstos pierden todo lo que da satisfacción y sentido a la vida: pequeñas aventuras, disfrutar del sentimiento anárquico, viajes secretos, juegos, contratiempos, momentos de soledad e incluso de aburrimiento. Sus vidas se convierten en extrañamente sosas, sin logros personales y en cierta medida aburridas y artificiales”

“A muchos niños se les diagnostica déficit de atención e hiperactividad por motivos equivocados: en la actualidad, antes que cambiar el entorno donde vivimos, preferimos alterar nuestros cerebros para que se adapten al entorno. Consideramos la timidez, la tristeza, la duda, la culpa o la ira como enfermedad en lugar de rasgos inherentes a la condición humana.

De hecho, cada vez más padres llevan a sus hijos de uno o dos años al psicoterapeuta para que les curen las rabietas;nuestros hijos no son “trozos de barro a los que moldear” a nuestro gusto, sino personas a las que acompañar en la vida. Tenemos miedo, pero no somos capaces de darnos cuenta de que las incertidumbres y las dudas son ingredientes básicos de la tarea de educar.

Muchos padres viven a través de sus hijos. Sus éxitos son los nuestros y sus fracasos también. Estamos demasiado involucrados en sus vidas... en cierto modo los chicos han pasado a ser mi mismo yo, un proyecto de vanidad. La línea entre padres e hijos se borra y cuando eso pasa, algo tan importante como la disciplina, las reglas, el saber decir “no”, lo tiramos por la ventana. Los niños necesitan límites para sentirse seguros y también para desenvolverse en la sociedad y para relacionarse con los otros.

La mayor expresión del amor hacia nuestros hijos es estar con ellos. Conocerse. La paternidad es un viaje hacia el descubrimiento y como todos los viajes comporta incertidumbres, dudas, errores. La gente que acepta eso transforma la paternidad y la maternidad en una aventura muy rica,y el resultado entonces, son niños más completos y más sanos.

Hoy,nuestros hijos no aceptan las normas y tampoco las críticas,no saben comportarse y los padres no saben lo que quieren, hemos perdido la brújula y el control y eso a los chicos les hace daño, les perjudica y les preocupa. Ser padre es difícil, duro y agobiante. No es un sueño de vacaciones. El problema es que en lugar de pensar y aceptar que todo saldrá bien, invertimos en el lugar equivocado

Fuente: Nueva Escuela para Padres