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miércoles, 16 de junio de 2010

El suicidio (Reflexión acerca de adolescentes en Salta)


Por Alejandro Rozitchner
www.100volando.net

En estos días apareció entre los titulares la horrible noticia de un grupo de adolescentes salteños suicidados en un juego de asfixia. El hecho ensombrece los diarios, se instala con un peso de sordidez extremo. ¿Por qué lo hicieron? ¿Es un problema de exclusión, es algo inducido por el poder de Internet, tiene que ver con la ausencia de dios? ¿Estamos viviendo una época especialmente difícil? Las explicaciones que suelen barajarse, las que acabo de enumerar y otras equivalentes, tratan de despersonalizar la cuestión, de plantearla en términos sociales, cuando el suicidio es precisamente lo menos social que existe. Buscar una explicación social es intentar desconocer las variables que importan, las íntimas, afectivas, esas que si hubiera que pensar llevarían a los padres de los chicos a tener que revisar responsabilidades que prefieren negarse. Jamás una persona se mata por una dificultad objetiva. Puede hacerlo, sí, estimulado por ella, pero siempre depende de una variable personal, una falta de ganas de vivir o una renuncia íntima que produzca la sensación de sinsentido apabullante. Hace falta una gran desesperación.

O puede hacerlo, explican los entendidos, como un modo de castigar a los suyos, de responder a una falta de atención, de amor, de cuidado. En ese caso el suicidio parece un redoblado acto de odio: hacia sí mismo, con la supresión absoluta de la propia vida, y hacia los que quedan, que deberán cargar con el peso de una culpa infinita.

Los deudos de los suicidados quedan devastados. Sienten que tendrían que haber hecho algo, que no se dieron cuenta a tiempo de la gravedad del tema, que ellos fueron tal vez la causa de esa muerte evitable. Debe ser una pesadilla vivir esa situación, sobre todo si el suicidado es un hijo. Debe ser el peor de los fracasos.

Y aun así, hay que reconocer que nadie se suicida porque la vida se le haya puesto difícil (de ser así, la cifra de suicidados sería muchísimo mayor). Hace falta otro elemento, la aparición de un sinsentido aniquilante, de una soledad abismal, o una incapacidad de querer seguir viviendo, una absoluta falta de fuerza. No es tan corriente. Los seres humanos atraviesan las peores experiencias tratando de seguir vivos y de superarlas. Su salud, su deseo de vida, intenta contestar hasta las circunstancias más extremas.

La primera diferencia es haber sentido alguna vez ganas de hacerlo, o al menos haber imaginado que el suicidio era una posibilidad para uno, o no haber tenido jamás siquiera la leve sombra de tal intención. A mi no me pasó nunca, ni lo de querer hacerlo ni lo de jugar con la idea, pero entiendo que es bastante normal que en determinados momentos de transformación y angustia se considere el suicidio como una opción. En la adolescencia es una experiencia común, porque la adolescencia es un período extremadamente arduo y lleno de angustias y soledades. Hasta podríamos decir que es en cierto sentido saludable que una persona juegue con la idea, porque generalmente esa fantasía permite que la cosa no llegue a hacerse real.

En muchos casos, la aparición de una conducta violenta tiene su origen precisamente en que el afecto no pudo ser representado mediante la imaginación y la persona lo actúa directamente. En la medida en que uno pueda tener sus "ideas raras" (pecaminosas, peligrosas, extremas, suicidas, entre otras) y de alguna manera elaborarlas, hacer algo con ellas y los afectos que contienen, es más probable que uno no las haga realidad. En otros casos, sin embargo, el coqueteo con la idea del suicidio termina llevando a su realización, por lo que es recomendable que la persona que está en esa frecuencia acepte pedir ayuda y traducir en palabras su mundo interno, para trabajarlo compartiéndolo y comprendiendo sus causas. La ayuda existe, es posible, muchos estados de extrema angustia se superan de manera contundente. Aunque la persona crea que no, que nunca podrá salir adelante, lo cierto es que puede hacerlo, si tiene paciencia, coraje y la sensatez de no quedarse en un aislamiento extremo.

La angustia es expresión de una situación acorralada, de un cambio profundo, de una necesidad aun no respondida, pero no supone un punto final. La angustia señala el problema, nosotros tenemos que actuar frente a él. Como se pueda. De a poco, con ayuda de alguien que pueda entender y guiar. Hay muchas personas preparadas para ayudar, y hay muchas también dotadas del amor suficiente como para resultar eficaces aun careciendo de la preparación necesaria.

No sé por qué se suicidaron esos chicos, y tal vez no pueda saberse nunca con certeza. Pero me parece necesario aprovechar esta horrible noticia para hacerle llegar a todos los desesperados la idea de que esa desesperación no es la última palabra, que la situación puede modificarse. Como dijimos: no se trata de que no haya salida, sino de la sensación de que nada es posible. Pero siempre, para cada encierro, existe una salida. A veces hay que animarse a pedir ayuda.

Alejandro Rozitchner es escritor, filósofo y novelista, trabaja como inspirational speaker y es asesor de la Secretaría General del Gobierno de la Ciudad.
Fuente: Yahoo Noticias

lunes, 23 de noviembre de 2009

Suicidios adolescentes


Es la primera vez que me motiva escribir el espanto. En la mayoría de los países desarrollados, el suicidio de adolescentes constituye la segunda causa principal de muerte, después de los accidentes.

Investigué, leí artículos y no pude salir del asombro. La imagen de la arena escurriéndose entre los dedos la asocio a cómo se nos escapan, a padres y educadores, los problemas que adolecen nuestros niños y jóvenes hoy.

Unos días atrás, un adolescente de 14 años, de una pequeña localidad de la provincia de Neuquén, en el sur de la Argentina, se disparó un tiro en el pecho. Lo hizo, frente a una profesora y un preceptor, en la escuela a la cual concurría.

Según informó la policía, un "disparo en el pecho, a la altura del corazón, con un revólver calibre 32 milímetros" ocasionó la muerte del adolescente. Paradójicamente, la escuela se llama Dr. René Favoloro, un suicida que, de igual manera que el adolescente, se disparó en el corazón.

Un estudio reveló que, en el último año, Neuquén fue la tercera provincia del país con mayor número de suicidios de adolescentes (34 casos). Como sociedad, en primer lugar, debemos hacer un “mea culpa”, ya que el suicidio de los adolescentes es un tema que suele callarse y evadirse, pues impacta y cuestiona el sistema familiar y social en que vivimos.

El suicidio contradice la inclinación natural del ser humano a conservar y perpetuar su vida. Por eso, se torna imprescindible reflexionar y conocer cuáles son los motivos que llevan a un adolescente a cometer semejante acto y cómo puede prevenirse.

La adolescencia es una etapa del desarrollo psicosocial del ser humano de mucho estrés, debido a que se producen importantes pérdidas: duelo por el cuerpo infantil, duelo por los padres infantiles y duelo por la identidad y el pensamiento infantil; cambios físicos y hormonales, y nuevas conductas sexuales. Esto genera perturbación en las ideas y en los sentimientos, además de miedo e incertidumbre, influyendo en sus capacidades para resolver problemas y tomar decisiones.

Algunos adolescentes, la mayoría, logran atravesar este período sin mayores dificultades. Otros, sin embargo, quedan presos de tanta angustia y depresión, que llegan hasta el extremo de suicidarse (se considera que, por cada adolescente que comete suicidio, lo intentan cerca de trescientos).

Las ideas suicidas son muy frecuentes en la adolescencia, sin que ello constituya un peligro inminente para la vida. No obstante, si se asocian a factores de riesgo, adquieren un carácter mórbido y pueden desembocar en un acto suicida.

Fernando Quintanar, en su libro Comportamiento Suicida, cita los postulados suicidas de Sneiman:
El suicidio es la búsqueda de solución a un problema que genera sufrimiento.
Es una manera de cesar la conciencia, no necesariamente la vida.
El dolor que no controlamos es un riesgo de suicidio para acabar con ese dolor incontrolable.
Para el suicida, el acto siempre es lógico.
La emoción del suicidio es la desesperanza y el desamparo.
Su actitud: la ambivalencia. Vivir y morir a la vez, pero uno de los sentimientos surge con más fuerza.
El estado cognitivo es la "visión de túnel" antes nombrada.
El suicidio es un acto de comunicación interpersonal con "pistas", a modo de señales, que ha ido dejando el ejecutor.
Las señales que menciona el postulado 8 aluden a:

· Cambios en los hábitos alimenticios y del sueño.
· Pérdida de interés en las actividades habituales.
· Retraimiento respecto de los amigos y miembros de la familia.
· Manifestaciones de emociones contenidas y alejamiento o huida.
· Uso de alcohol y de drogas.
· Descuido del aspecto personal.
· Situaciones de riesgo innecesarias.
· Preocupación acerca de la muerte.
· Aumento de molestias físicas frecuentemente asociadas a conflictos emocionales, como dolores de estómago, de cabeza y fatiga.
· Pérdida de interés por la escuela o el trabajo escolar.
· Sensación de aburrimiento.
· Dificultad para concentrarse.
· Deseos de morir.
· Falta de respuesta a los elogios.
· Aviso de planes o intentos de suicidarse, incluyendo los siguientes comportamientos:
-Verbaliza: "Quiero matarme" o "Voy a suicidarme".
-Expresa señales verbales como: "No seré un problema por mucho tiempo más" o "Si me pasa algo, quiero que sepan que ...".
-Regala sus objetos favoritos; tira sus pertenencias importantes.
-Se pone alegre repentinamente, luego de un período de depresión.
-Puede expresar pensamientos extraños.
-Escribe una o varias notas de suicidio.

Llevar a cabo una tarea de prevención se hace casi ineludible. Todos tratamos de enseñar a nuestros chicos, desde la más temprana infancia, a cuidar la única vida que tienen. Amándose y respetándose aprenderán, por consiguiente, a respetar y amar a los otros, tanto como dejarse amar y exigir ser respetados.

Para esto, necesitan de adultos que los acompañen, los contengan y, por sobre todo, que no los juzguen.

Una de las causas más comunes que conducen al suicidio adolescente es la baja autoestima y el descubrimiento de una orientación sexual diferente. La tendencia al suicidio no se vincula a factores económicos o culturales, sino a factores psicosociales, como la homofobia que provoca una extrema autodesvalorización.

La implementación de talleres para padres y docentes los capacitaría para detectar, prematuramente, a posibles suicidas, además de desterrar el mito de que el suicidio resulta un acto impulsivo e interpretarlo como un proceso con una historia y con una decisión largamente pensada y analizada.

A su vez, es preciso trabajar este tema desde la currícula educativa y suministrar, a los adolescentes, literatura especializada para orientarlos en caso de que se encuentren en una situación de crisis suicida.

Llegó la hora de hablar y de hacer. Propongamos, por este medio, alguna campaña de prevención, así, entre todos, nos ayudamos y ayudaremos a nuestros adolescentes que hoy ven la vida sin futuro.

por Joaquín Rocha
Psicólogo especialista en Educación para la Comunicación
Fuente: San Pablo on line