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viernes, 3 de febrero de 2012

La capacidad de compromiso se adquiere en la infancia

Estamos viviendo una época difícil en cuanto a la forma de relacionarnos y como consecuencia de ello surgen algunas cuestiones que no podemos explicarnos. Una de esas cuestiones es la falta de compromiso que notamos en muchas personas que no son capaces de adoptar una conducta madura y cumplir con lo que prometen por ejemplo, o ser constantes en el estudio, en un trabajo o con una relación. Este artículo puede ayudarnos a reflexionar y comprender el tema.




Por José Andrés Rodríguez

Cada vez más personas optan por estilos de vida muy diferentes al tradicional, como vivir solos o mantener relaciones abiertas (que permiten relaciones sexuales con otras personas), entre varias opciones. Da la impresión de que el compromiso no es, precisamente, uno de los valores que cotizan al alza hoy en día. Se ha analizado mucho el porqué de la falta de implicación, ya sea en la esfera de las relaciones de pareja o en otros ámbitos de la sociedad actual.

La falta de compromiso es uno de los factores que anuncian el final de una relación

Los sociólogos explican que hoy se vive en una época de la posmodernidad caracterizada por el individualismo, la falta de verdades absolutas y la incertidumbre, ya sea en el mercado laboral o en las relaciones personales. Esta manera de obrar y vivir con independencia de los demás, destacan numerosos investigadores, dificulta que las parejas puedan durar toda la vida, ya que para muchas personas, sus propios deseos y proyectos serán más importantes que la propia relación sentimental.

Por otro lado, los psicólogos alertan del aumento del número de personas que sufren el síndrome de Peter Pan. El psicólogo estadounidense Dan Kiley bautizó como "peterpanes" a los hombres adultos que son incapaces de comprometerse porque aún se comportan como niños.
La clave: una buena relación con la madre

Pero, aparte de un contexto social que parece favorecer el individualismo, ¿hay otras causas que puedan explicar la falta de compromiso de algunas personas? Según un estudio publicado en la revista "Psychological Science", los problemas de hombres y mujeres para mantener el compromiso con sus parejas podrían tener origen en la infancia. Para este estudio, los investigadores entrevistaron a 78 personas de 20 o 21 años de edad y analizaron qué nivel de compromiso tenían en su relación actual.

También entrevistaron a sus respectivas parejas para cotejar las respuestas. Antes, los investigadores habían recabado información sobre dos aspectos importantes del pasado de las personas entrevistadas: cómo había sido la relación con sus madres en la infancia y cómo manejaban las discusiones en los años adolescentes. Las personas que disfrutaron de una relación cariñosa y responsable por parte de su madre y que fueron capaces de resolver con eficacia los conflictos con sus amigos en la adolescencia estaban más comprometidas en sus relaciones sentimentales.

Mismo nivel de implicación, unión más estable

Otro de los interesantes resultados que arrojó el estudio fue que un factor fundamental para que una pareja dure es que tenga un nivel de compromiso similar, ya sea este nivel bajo o alto. Para analizarlo, cada pareja tuvo que debatir sobre un tema que fuera importante para ella y sobre el que no había logrado un acuerdo. Los investigadores grabaron la discusión. Las uniones en las que ambos tenían un bajo nivel de compromiso tenían más posibilidades de éxito que otras en las que uno quiere poca implicación en la relación y el otro mucha.

Los expertos concluyen que la ausencia de compromiso por parte de uno de los miembros puede poner en serio riesgo la relación. Según el psicólogo estadounidense George Levinger, el defecto de compromiso es uno de los cuatro factores que anuncian el final de una relación. Los otros tres son: creer que una nueva vida es la mejor solución para los problemas sentimentales, tener parejas alternativas y la expectativa de que la relación fracase.

El apego entre madre e hijo

Una mala relación entre madre e hijo durante la primera infancia provoca, con mucha probabilidad, que el futuro adulto tenga serios problemas en sus relaciones personales. Una interesante demostración de la importancia del apego fue el experimento que realizó el psicólogo Harry Harlow. Separó a un grupo de crías de monos Rhesus de sus madres. Debido a la ausencia de estas, las crías se abrazaban a unas almohadillas que había en el suelo de las jaulas.

Harlow tuvo entonces la intuición de que la relación madre-hijo tiene una función primordial para la supervivencia psicológica de las crías. Así que formó cuatro grupos de crías. Los monos de un grupo estarían en contacto con una madre de madera vestida con ropas suaves y que proveía de leche. Otros estarían con una madre parecida, pero sin aporte de leche. Un tercer grupo estaría con una madre realizada con alambre y que daba leche. Y, por último, otras crías estarían con una similar, que además no proporcionaba leche. El resultado fue que los monos preferían el contacto con la madre de ropas suaves que no daba leche. Optaban por pasar hambre antes que renunciar al contacto.

Como señaló Harlow, "cuando la madre cubierta de ropas suaves estaba presente, los bebés corrían rápidamente hacia ella, se cogían a su cuerpo, se frotaban contra las ropas, se apretaban contra ella... Pero cuando estas madres estaban ausentes, los bebés corrían de un lado a otro, se agarraban a sus caderas y cuerpos, y gritaban de aflicción". Ya adultos, fueron incapaces de realizar con éxito el acto sexual. Según el especialista, tenían problemas en sus relaciones personales por culpa de una mala relación materno-filial en la infancia.

Fuente: Consumer.es

El castigo corporal en los niños aumenta su tendencia a mentir




Según un reciente estudio, los niños expuestos a un ambiente escolar donde se aplican castigos corporales utilizan la mentira para ocultar sus faltas y protegerse, y son mejores mentirosos que aquellos que estudian en escuelas donde los castigos son simbólicos.

La investigación, publicada en el periódico Child Development ("Desarrollo infantil"), muestra que en un ambiente punitivo los niños aprenden a mentir de modo más convincente que quienes están sometidos a una disciplina más tolerante.

El estudio, dirigido por la profesora Victoria Talwar, de la Universidad McGill, y el profesor Kang Lee, de la Universidad de Toronto, examinó el comportamiento engañoso en dos grupos de niños de tres y cuatro años provenientes del mismo vecindario. Un grupo concurría a una escuela privada tradicionalista, donde se golpeaba a los niños con una vara, o recibían coscorrones y pellizcos públicamente de modo rutinario por faltas que iban desde olvidar un lápiz a provocar desorden en el aula. En la otra escuela, también privada, los niños eran disciplinados con detenciones, retos y, en casos más graves, con la reprimenda del director.

Los investigadores compararon el comportamiento de los niños en ambas escuelas, entrevistándolos individualmente. Durante la entrevista se pedía a los niños que no miraran un juguete que había en la sala. Los niños no podían resistir la tentación una vez que estaban solos. Cuando los investigadores les preguntaban si habían mirado al juguete, casi todos los que venían de un ambiente escolar punitivo mentían, en tanto sólo la mitad de los niños mentía en el otro grupo. Más aún, luego de la mentira inicial, los primeros eran mucho más hábiles y decididos a la hora de sostener la mentira, dando respuestas erróneas o simulando ignorancia.

El trabajo sugiere que "los castigos físicos no sólo promueven la deshonestidad, sino que también aumentan la habilidad de los niños para ocultar sus transgresiones", afirman Talwar y Lee.

De hecho, los niños mentirosos de tres y cuatro años en la escuela punitiva eran capaces de mentir como niños de seis y siete, según los describen otros estudios. "El resultado es sorprendente", comentan los autores, porque "estudios previos han demostrado consistentemente que los niños de ambientes punitivos tienden a sufrir retardos en su desarrollo cognitivo".

"Una posibilidad es que el ambiente punitivo haga que los alumnos se motiven más a encontrar estrategias de supervivencia", dice Lee. "Mentir parece una táctica adaptativa en tal situación".

"Este es un aviso para los padres que creen estar haciendo bien cuando castigan duramente a sus hijos por mentir. Está claro que el castigo corporal no sólo no reduce la tendencia a mentir, sino que en realidad mejora la capacidad de engaño".

Fuente: Síntesis Educativa
y Science Daily, EEUU.

jueves, 21 de octubre de 2010

El temor a los hijos


No podemos negar que las familias absorben, de la sociedad, la ausencia de autoridad, como así también el autoritarismo. Ambos extremos mantienen un hilo en común: el temor.

Esto sumerge a la familia en una crisis, que provoca que los padres no actúen con responsabilidad frente a ciertas conductas demandantes de los hijos.

Los padres temerosos se consideran erróneamente tolerantes y dejan que sus hijos tomen sus propias decisiones, establezcan sus propias normas y regulen solos su propio comportamiento.
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domingo, 1 de noviembre de 2009

Exclusión escolar y futuro social



La situación que registra la niñez y la adolescencia en el campo educativo lleva a trazar una perspectiva poco alentadora del futuro de nuestra sociedad, ya que las graves deficiencias que se presentan en la formación de los jóvenes provenientes de familias pobres, así como la ausencia de perspectivas de cambio en lo inmediato, condicionan severamente el potencial de desarrollo del país.

Un enorme número de chicos se encuentra en un estado de abandono educativo, lo cual limitará con rigor el acceso a otros derechos, ya que la exclusión escolar alienta otras exclusiones en campos culturales, laborales y económicos. Como surge de un reciente informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina, el 53% de los menores de cinco años vive en hogares pobres, con dificultades para satisfacer sus necesidades básicas. Estos chicos son, además, afectados por una creciente desigualdad en materia educativa.

Por empezar, su nivel de asistencia a jardines maternales y de infantes es bajo. Además, como surge del referido informe, la brecha educativa se refleja en la concurrencia a escuelas de doble jornada, ya que el 25,1% de los adolescentes de hogares de ingresos medio-alto lo hace, contra sólo el 2,8% de los provenientes de familias pobres.

Por el deficiente funcionamiento de la educación pública, las familias consideran al ausentismo de los docentes y a los paros como los problemas más severos que lesionan la calidad de la enseñanza.

Entre los chicos pobres es menor el hábito de lectura, el acceso a Internet, la oferta de prácticas artísticas y la enseñanza de un segundo idioma. Por otra parte,la infraestructura escolar pública presenta notorias deficiencias y en sus aulas se nota un agravamiento de los problemas disciplinarios.

Esta situación exige medidas efectivas, ya que de persistir la severa exclusión educativa que se registra el porvenir colectivo estará aún más marcado por la marginación, la pobreza, la desigualdad y la violencia.

Según una medición de la UCA, un elevado porcentaje de chicos pobres sufren deficiencias educativas. Esta situación exige medidas efectivas porque afecta su futuro y el de la sociedad.

jueves, 10 de septiembre de 2009

La importancia de los hábitos en la educación infantil

La vida cotidiana es la situación más cercana y más estable para los seres humanos, especialmente para los niños, y por ello es uno de los grandes recursos con los que deben contar sus educadores, padres y profesores: en lo que acontece cada día es donde se realiza su desarrollo. Nadie duda de la importancia que tiene para el niño la vida de cada día y lo que en ella es habitual.

Por eso, hay que darle también mucha importancia a la creación de hábitos y rutinas, que son los que le dan al niño la seguridad de saber qué hacer en cada momento y de conocer las costumbres del grupo social. Deberíamos, primero, establecer la diferencia que hay entre rutina y hábito. La rutina, que puede desaparecer, es una costumbre personal establecida por conveniencia y que no permite modificación, es decir, es inflexible; por ejemplo, colgar la bata en la percha antes de salir de clase.

El hábito, sin embargo, es un mecanismo estable que crea destrezas y que además podemos usar para distintas situaciones: por ejemplo, abrocharse. Tanto las rutinas como los hábitos aportan un componente importantísimo de constancia y regularidad y, por ello, son fundamentales tanto para la vida familiar como la escolar. ¿Qué son los hábitos? Entre todas las definiciones que hemos leído, pensamos que la más aclaratoria es la que Antonia Fernández Gutiérrez hace en el libro La Educación Infantil: “Son costumbres, actitudes, formas de conducta o comportamientos que conllevan pautas de conducta y aprendizajes.

El hábito bien adquirido y usado nos permite hacer frente a los acontecimientos cotidianos”. En la etapa infantil, a la hora de educar, es de mayor interés la creación de buenos hábitos que llegar a poseer unos conocimientos amplios. Los hábitos se forjan con mucha más facilidad y eficacia en los primeros años de vida; es entonces cuando los niños los adquieren porque es el período más crítico, dinámico y potencial de la vida para aprender.

Además, los hábitos que se adquieren en estos primeros años se van adaptando a la personalidad de cada uno, convirtiéndose así en valiosos recursos de identidad personal. La adquisición de hábitos en los niños requiere una labor continuada y metódica por parte del adulto; es una tarea que necesita exigencias de corrección, normas, valores y conductas globales.

Por ello, se debe plantear qué hábitos se van a trabajar con los niños cada día y procurar establecerlos en todos los ambientes que rodean al niño: la familia y el colegio. En la educación de los hábitos sucede que, con frecuencia, los adultos estamos tentados a pensar que sólo pueden adquirirse cuando se ha cumplido determinadas edades.

No obstante, si analizamos nuestra forma de desenvolvernos habitualmente, podemos comprobar que muchos hábitos nos los enseñaron y exigieron muy pronto. Y si no lo hicieron así, es posible que reconozcamos que hemos gastado demasiados esfuerzos y energía para conseguirlos más tarde.

Desde el punto de vista escolar, cada vez son más los alumnos que, teniendo una inteligencia normal, no obtienen buenos rendimientos académicos debido a la ausencia de hábitos básicos: la inteligencia está constituida en gran parte por hábitos y destrezas de muchas capacidades que, desarrollados a tiempo, facilitan el éxito de los escolares en la educación obligatoria.

Expuesta la importancia que tiene para los niños la adquisición de hábitos, sólo nos resta recordar a todos que es una tarea de competencia mixta entre padres y educadores y que plantea la necesidad de que exista, por tanto, una estrecha colaboración para llevar a cabo acciones conjuntas y coordinadas.

El intercambio de información entre padres y profesor-tutor se revela como fundamental. Ambas instituciones, escuela y familia, no deben ser agentes estancos e incomunicados que sólo interactúan en ocasiones muy especiales (periodo de adaptación, reuniones, fiestas, entrega de boletines...). Por ello, el centro escolar debe potenciar la participación activa de la familia en la educación escolar del niño, haciéndole sentir responsable a través de los diferentes medios pedagógicos que se programen a nivel de centro.

Pero no sólo dentro del centro, la educación en casa debe ser consensuada entre ambos, ofreciendo el profesorado pautas científicas y utilizando a la familia como principal medio de información sobre cómo se está produciendo el desarrollo del niño fuera del centro. Ambas instituciones, familia y escuela, son esenciales en la adquisición de valores, hábitos y actitudes del alumno.

Javier Úbeda Ibáñez